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Reflexiones desde casa
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Por: Úrsula Werren.

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Cómo introducción adelanto dos ideas. La primera se refiere a que tú, –mamá, papá–, estás en una formación intensa como educador, te lo hayas propuesto o no. La vida te da esta oportunidad, esta alternativa. Evidentemente, tomaste esa opción al momento de tener hijos, y por lo tanto requieres de un campo de conocimiento complejo y humano que es la pedagogía. Ahora la vida te invita a recordar eventos de tu propia infancia, lo que podría llevarte al cuestionamiento: ¿quiero educar como me educaron? ¿hay algo que me gustaría cambiar? Si deseo cambiar, ¿hacia donde? ¿hay algo que una perspectiva científica, humanista y constructivista pueda informarme para reconsiderar mi labor como papá y mamá?

La segunda idea surge de mi baúl de memorias. Recuerdo cómo me sorprendió la manera en que Jean Piaget llegó a sus ideas que se convirtieron en sus teorías revolucionarias sobre cómo aprendemos las personas. Durante muchos años, Piaget, (me encanta imaginármelo como “Abuelo Juan”, mi muy admirado psicólogo del siglo pasado), observaba a cientos de niños y niñas durante 10 meses del año para después subir a su chalet en los Alpes Suizos en donde reflexionaba y escribía. Su esposa reporta que no lo vio tomar un solo día de descanso.

En sus libros, Piaget nos da a conocer su teoría psico-genética del aprendizaje[1]. Era necesaria la observación atenta y reflexiva de los niños trabajando con materiales, construyendo, errando, corrigiendo, probando, comprobando, encontrando y descubriendo por medio de las pruebas diseñadas para ello, explicar el fenómeno de la habilidad suprema humana llamada: aprender. Muy constructivista de su parte, primero acción y experimentación, después reflexión.

Una de sus seguidoras, Constance Kamii, comenta que cuando le preguntaban a Piaget en sus conferencias cuál era el propósito de la educación, siempre respondía: desarrollar la autonomía de los niños y niñas. No es casualidad que la misión de Formus asuma justo ese fin.

Más que dar un discurso sobre autonomía, trataré de clarificarlo por medio de pequeñas historias reales observadas en los niños con quién me tocó, por gran fortuna, coincidir.

Cecilia de 3 añitos llegó este día con su chaqueta de uniforme al salón. Siguiendo el procedimiento, ahora ya sin ayuda de algún adulto, guardó su lonchera y el folder en el lugar establecido e inició el intento nada fácil de quitarse la chaqueta.

Carla, su maestra, le pregunta: ¿Puedes hacerlo tú sola o necesitas ayuda?

Cecy contesta: “Yo puedo”. Una vez que logra liberar el brazo derecho ya era más fácil de quitarse toda la chaqueta. En una mano el gancho, en la otra la chaqueta, Cecy se queda viendo el tubo donde ya están colgadas algunas prendas. La mirada va del gancho a la chaqueta y de la chaqueta al tubo. En la carita se puede leer la pregunta: “¿Cómo puedo lograr colgar el gancho con la chaqueta en el tubo?

Cecy está tan entretenida pensando y buscando una solución, que no se da cuenta que la maestra Carla también tiene un reto. Un dilema, tal vez tan difícil como el de ella, ¿Intervengo como “buena” maestra o me espero como maestra “responsable”, dándole a Cecy la oportunidad de encontrar la solución ella misma? Decide esperar y observar las decisiones que va tomando Cecy.

Finalmente, Cecy acomoda la chaqueta toda extendida en el piso, ajusta el gancho adentro de los hombros de la chaqueta, levanta el gancho con cuidado y lo coloca en el tubo. Todo esto después de varios intentos, mediante ensayo y error, pero logrando lo que se ha propuesto. En este momento se encuentran dos grandes sonrisas, la de Carla y la de Cecy.

“¡Lo lograste, Cecy!” reconoce Carla sonriente. Carla misma reconoce al mismo tiempo su propia victoria: confiar en las habilidades de Cecy de encontrar una estrategia de acuerdo a sus posibilidades; esperar y darle el tiempo necesario para que la niña pueda resolver su problema a su manera y con sus recursos y finalmente reconocer e

l esfuerzo y el logro posibles. Ambas empezaron el día con el pie derecho, Carla ofreciendo a Cecy la oportunidad de practicar la autonomía y Cecy tomando el reto, el derecho de ir conquistando su mundo.

[1] Se le llama psicogenética pues Piaget consideró que para aprender se integraban nuestras disposiciones genéticas con las experiencias de la vida misma (familia, maestros, etc).